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El escritor que ninguneó a medio mundo, incluso a Paraguay

“Yo no creo que el Paraguay valga más que Inglaterra ni que los bolivianos sean superiores a los franceses o a los alemanes” se atrevió a escribir en 1907 en Las tragedias grotescas y, en 1939, volvió a mencionar a Paraguay en Laura o la soledad sin remedio: “Después estuvo en la guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay, de la contaba horrores”. Luego sólo tenía pensamientos de insultos y reproches para todo lo que le significa quienes vivimos en “las colonias”, como escribía. Sí, él es Baroja, a secas.

Pío Inocencio Baroja Nessi (San Sebastián 1872 – Madrid 1956) fue un connotado escritor español anticlerical, censor de todo lo que signifique y es latinoamérica, sobre todo Sudamérica y además, un tanto misógino para algunos.

En su obra, Las noches del Buen Retiro, exterioriza a través de Jaime Thierry, su alter ego, el desprecio a América Latina. “Jaime se mostraba muy hostil con los sudamericanos y tuvo con ellos grandes disputas”, dice en un pasaje de la obra.

“¿De dónde saldrá esa gente tan fea”, dice en El gran torbellino del mundo a través de un personaje, Larrañaga, en referencia a los sudamericanos.

“Thierry atacaba a los hispanoamericanos y les achacaba ser imitadores sin gracia, de una manera plana y vulgar, de todo lo parisiense; también le parecía insignificante el optimismo banal del joven yanqui”, escribe en la novela.

A las mujeres no acostumbraba dejar bien parada, “ya todo el mundo fuma, principalmente las mujeres” (El gran Torbellino del mundo). Sin embargo en otras de las ciento noventa y pico de novelas suyas, como en Laura y El árbol de la vida las honra y protege.

En Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, despliega su pensamiento un tanto obsceno y chabacano al referirse al sexo femenino:

 “tenía la buena señora el olfato muy desarrollado, y como el mal olor no la dejaba dormir y tenía más miedo a los constipados que al demonio. Hacía llevar a la muchacha una caja misteriosa a la sala, y allí, enfrente de los restos de sus antepasados, depositaba en la caja lo único que material e intelectualmente producía su cuerpo: después se encerraba en su cuarto y mandaba abrir las ventanas de la sala”.

Al aludir a los referentes de la iglesia católica no era precisamente un manso evangelizador.

En cuanto a los pares escritores, no todos eran santo de su devoción. A Rubén Darío dedicó en 1926 esta frase en su novela El gran torbellino del mundo: “Espiritualmente, un tanto negro (…) con un talento puramente verbal; un poeta a la moda de hace 25 años”.

A Honoré de Balzac lanzó un misil desde Las tragedias grotescas: “Balzac es un calumniador de la especie humana (…) Para él no hay ideas que la fortuna y el rango. Luego es pesado, mal escritor…”. A Víctor Hugo lo encuentra “declamador, enfático, exagerado, siempre frío y falso”.

De todas maneras, Pío Baroja, este connotado español que dejó la medicina para sumergirse a las profundidades de la literatura, es uno de los escritores favoritos de miles de lectores que lo siguen hasta hoy, 63 años después de su muerte; inspirador de otros grandes escritores como de Ernest Hemingway, Gabriel Casaccia, Roa Bastos y tantos otros que encontraron en él el modelo perfecto para la tarea literaria.

Así, este médico que abandonó su profesión para largarse completamente a las letras injurie a Paraguay en una de sus famosas narraciones  simpatiza a los, quizás, pocos lectores paraguayos de su prolífica producción.

Sus restos reposan en el Cementerio de la Almudena en Madrid. Murió el 30 de octubre de 1956.

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